jueves, 21 de julio de 2016

Cómo huir de un depredador (o un policía): Autotomía

Eran entre las cinco y seis de la tarde y la hora pico comenzaba a alentar el tráfico en el centro de la ciudad. Naturalmente el camión iba repleto, así que mis amigos y yo no teníamos mucho espacio a donde movernos: viendo hacia el oriente en una avenida que desembocaba a calles un tanto antiguas y descuidadas. Íbamos tomados de los pasamanos, de pie, con otra plática cotidiana que se difuminaba entre el ruido de los motores y demás pasajeros.

Nuestra conversación fue interrumpida por una situación que captó la atención de todos. Dos policías, de esos rechonchos que ridiculizan en la televisión mexicana, habían detenido un transeúnte. Era un joven moreno, de estatura media y delgado; un "flaco corrioso" dirían por ahí. Su vestimenta recordaba al instante el folclor de la música y estilo vallenato, bastante popular en los barrios de Monterrey a finales de los noventa; hoy en día sigue siendo referencia obligada en las colonias populares, y yo de vez en cuando pongo con nostalgia la música de Celso Piña pues me recuerda a cuando era niño. Además, el muchacho llevaba una pequeña mochila en la espalda a la que se aferraba con ambas manos, sujetando las cintas para los hombros como si en ella su cuerpo encontrara el soporte.

El camión no se movía mucho, y debido a nuestra posición, teníamos perfecta visibilidad de lo que pasaba con el chico y la policía. Para este momento todos en el autobús especulaban sobre ello y afinaban la vista para estar al pendiente ¿Se habrá robado algo? ¿Traerá droga entre sus cosas? ¡Ya lo agarraron por malandro! 

Los policías iban a inspeccionar su mochila, pero él no se la iba a quitar... no, señor. En lugar de eso, el tipo se dio la vuelta, por lo menos podrían revisarla en su espalda, así que uno la abrió mientras otro se puso a un lado, vigilante. "¿Una pistola?" Decían desde dentro "¡De seguro es mariguano! Ha de traer todo ahí".

¡Adiós! la mochila cayó al suelo, el policía que vigilaba dio tres pasos y desistió de correr. El astuto muchacho dejó al oficial con la mirada en la mochila y salió corriendo como si no hubiera mañana. Lanzó la carnada y ellos picaron, sabrá Dios qué llevaba, pero el tipo escapó ante la mirada de decenas de personas que esperaban desde sus vehículos. 

¡Qué truco tan viejo! Más viejo que el hombre mismo. 

En la naturaleza, aunque los animales no suelen llevar bolsas misteriosas, sí que usan distracciones para ganar valiosos segundos antes de huir fugazmente de un depredador. Y es bien sabido que las lagartijas se valen de desprender su cola cuando uno las trata de tomar, lo cual se llama autotomía.

Este mecanismo ha existido por más de 250 millones de años, y en nuestros días es representado en su mayoría por reptiles y anfibios, los cuales dejan a su depredador con un pedazo de cola en movimiento. El animal espera, como el protagonista de nuestro relato, a que su perseguidor sienta que ha conseguido lo que buscaba, pues no soltará su cola a menos que ésta haya sido agarrada con firmeza. En este momento la cola será liberada como resultado de fuertes contracciones musculares, y aunque la carne del animal queda expuesta, no hay cortes en los músculos. Esto reduce al mínimo la pérdida de sangre y otros fluidos, sin embargo, lo anterior no significa que el reptil continué sus días sin secuelas de la amputación.

Si la especie puede regenerar su cola, ésta no será similar a la anterior. Puede cambiar de color, de grosor o tamaño, incluso crecer con bifurcaciones, generando dos colas, y aunado a lo anterior, los huesos vertebrales nunca se recuperan. En su lugar la parte caudal del animal tendrá soporte cartilaginoso.

Para muchas especies la cola hace buena función como depósito de grasa, por lo tanto, perderla no parece un buen negocio para quienes luchan por sobrevivir en un inhóspito desierto, donde dejar ir nutrientes puede significar la muerte. No extraña que los animales esperen hasta ser sujetados para recurrir a esta opción de emergencia.

Uno de esos reptiles de tierras desérticas es el geco de bandas (Coleonix brevis) que habita en el noreste mexicano. Se ha encontrado que esta pequeña lagartija la pasa un poco mal luego de recurrir a la autotomía, pues los huevos que produce después son de menor tamaño, o peor aún, deja de producirlos.


Geco de bandas texano (Coleonix brevis) con cola regenerada luego de recurrir a la autotomía. 


El eslizón de tierra (Scincella lateralis) parece haber encontrado una alternativa a la pérdida de recursos. La cola de este animal no sólo se mueve aleatoriamente como en el resto de las especies, sino que tiene la capacidad de dar de saltos como si de otra lagartija se tratase ¿Se puede escapar dos veces al mismo tiempo? Sí. Luego de huir, el eslizón regresa para verse de nuevo con su cola, que se mueve tanto que puede que el depredador nunca la encuentre. Si logra dar con su extremidad de nuevo, la engullirá para no desperdiciar nutrientes.

Sin embargo, para otras especies la morfología o los recursos no son lo único de lo que hay que preocuparse, tal es el caso de otro lagarto mexicano, el Uta stansburiana. Este reptil pierde su condición social al perder la cola, así que le es más difícil encontrar pareja, esto también se ha encontrado en la lagartija serrana española (Iberolacerta monticola). Imaginen si es una difícil decisión, en Uta stabsuriana los biólogos también han descubierto que aunque perder la cola afecta el status a ambos sexos, los machos recurren a esta alternativa mucho menos, y es que las hembras parecen tener un rol que les permite tener éxito reproductivo aún luego de perder la cola, lo cual no pasa con los machos. Los investigadores han demostrado que éstos son menos cautelosos para una segunda escición, mientras que las hembras son tan cuidadosas como antes, esto sugiere que los machos pierden mucho más luego de un primer corte de la extremidad, y un segundo ya no es tan importante.

"¿¡Viste?! ¡Se fue corriendo!" 

Un poco de incertidumbre inundó el camión, en ese momento todos estábamos bien atentos a que pasaría, y yo, estudiante de biología al fin y al cabo, sólo atiné a decir 

"!Güey! ¿Sacas que le hizo como las lagartijas cuando sueltan la cola?". 

Para mi sorpresa todos escucharon el comentario y las risas aparecieron, las mismas que terminaron la escena. Todos regresamos a la conversación cotidiana, encerrados en el tráfico entre las cinco o seis de la tarde. 


Herpetology: An Introductory Biology of Amphibians and Reptiles By Laurie J. Vitt, Janalee P. Caldwell

Sexual Dimorphism in the Ease of Tail Autotomy: Uta stansburiana with and without Previous Tail Loss


jueves, 30 de junio de 2016

Hablar con animales ¿Son tan inteligentes?

La mayoría de las cualidades de un individuo se pueden estimar de forma intuitiva. Un aficionado al futbol podrá reconocer, sin necesidad de ponerlos a prueba con cronómetro y silbato en la pista olímpica, cuáles de los jugadores en un encuentro poseen mayores aptitudes para correr. Para ello basta sentarse a ver el partido.

Así también con otras características no necesariamente atléticas; muchas veces es evidente el talento (o falta del mismo) de la gente para cosas cotidianas, como conducir, cocinar, o mantener una conversación interesante. ¿Pero qué pasa con las que no son evidentes? ¿Cómo mediríamos, por ejemplo, la inteligencia de un ser humano?

Tal vez si lo pensamos un poco, la manera mas intuitiva de hacer un juicio sobre qué tan listo es la persona que acabamos de conocer es entablando una conversación casual. Eventualmente, con su vocabulario y elocuencia, y si el tema de conversación se mueve a terrenos menos climáticos o mémicos (¡Hey! ¿Viste el meme de... ?), iremos haciendo una valoración involuntaria de la inteligencia de nuestro interlocutor: La primera impresión es lo que cuenta, dicen.

Este método de medición cualitativa del intelecto no es invención mía, pues a pesar de que lo he vulgarizado para introducir el tema, sí se ha tomado en serio en el pasado como diferenciador para sacarnos de entre las bestias. Nuestra capacidad de hacer abstracciones, de extrapolar conceptos, reconocernos y transmitir conocimientos que van más allá de mirar y hacer, nos hacen personas.

Buscando respuestas, personificando animales

Bajo este razonamiento, la falta de capacidad de cualquier animal de comunicar ideas nos haría despreciar inteligencia en ellos, y hasta hace algunas décadas este era el modo en el que muchos experimentos sobre razonamiento animal eran hechos.

Vamos a hacerlo sencillo, si la diferencia entre la inteligencia del chimpancé y la del humano es cosa de grado, entonces el animal podría tener la capacidad para entender y reproducir, en menor medida, nuestra manera de comunicarnos.

¿Cómo lo pusieron a prueba? A un chimpancé recién nacido lo criaban a la par de un bebé humano, la familia se encargaría de enseñarle al niño y al animal a hablar como si de cualquier pareja de gemelos se tratase. Por supuesto, esto no dio grandes resultados, al cabo de unos meses el niño ya podría balbucear algunas frases, cuando con dificultad se le podía entender un "mamá" o "papá" al chimpancé.

Decir que este animal es incapaz de hacer abstracciones debido a experimentos como el anterior sería un tanto simplón, y no mucho tiempo después alguien notó que los chimpancés no son morfológicamente aptos para vociferar palabras con nuestra soltura. Si íbamos a hacer esta prueba de manera justa había que darle herramientas al chimpancé para comunicarse sin tener que recurrir al habla. Así Allen y Beatrix Gardner, al intuir las limitaciones anatómicas del chimpancé, tuvieron una magnífica idea: lenguaje con señas. Enseñaron a una (hoy famosa) chimpancé de nombre Washoe la lengua de signos americana (conocido como ameslan, o American Sign Language), y los resultados  fueron bastante alentadores.

Washoe no sólo logró comunicar necesidades básicas, como pedir alimento o algún premio, sino que también fue capaz de describir situaciones cuyas combinaciones de palabras no se le habían enseñado. Por ejemplo, cuando un cuidador depositó una muñequita en su taza de agua, la chimpancé expresó "Bebé en mi bebida". También Washoe aprendió la palabra "sucio" para describir las ocasiones donde se hacia encima y curiosamente la extrapoló para referirse de manera despectiva a un mono con quien no simpatizaba. "Mono sucio, mono sucio", decía. Así también usó el término "abierto" con una cartera de mano, cuando se le había enseñado con puertas.



Aunque tal vez el acto más llamativo atribuido a Washoe fue una conversación con una de sus cuidadoras. La chimpancé parecía ser un poco rencorosa con quienes se ausentaban por algún tiempo, es por eso que Kat Beach, quien trabajaba en el experimento  como voluntaria, decidió pedirle disculpas. Kat no escatimó en los detalles de sus semanas fuera, y le contó a Washoe que su bebé había fallecido. Según la historia, Washoe bajó la mirada un momento, luego recorrió brevemente su rostro con el dedo índice, imitando una lágrima. Los chimpancés no lloran como los humanos, el gesto de Washoe significa "llorar" en ameslan.

¿Entonces son inteligentes?

Lo cierto es que, aún y con lo populares y bonitos que puedan sonar resultados como el de Washoe u otros primates educados para comunicarse, muchos científicos se muestran renuentes a considerar que se tengan pruebas de que los animales realmente entren en una conversación, y no estén imitando sólo para buscar un bocadillo, un rato de juego, o para complacer a sus cuidadores. El lenguaje humano va mucho más allá de hacer meras relaciones entre objetos y sonidos/señas, y aún cuando esta acción es sumamente básica, los primates no humanos tienen gran dificultad para lograrla.

Parafraseando a Harriet Ottenheimer, el hecho es que mientras los niños humanos aprenden un lenguaje muy complejo sin mayor problema, otros primates como los chimpancés requieren una fuerte inversión en M&M's para poder comunicar unas pocas cosas de material pseudolingüístico.