jueves, 30 de junio de 2016

Hablar con animales ¿Son tan inteligentes?

La mayoría de las cualidades de un individuo se pueden estimar de forma intuitiva. Un aficionado al futbol podrá reconocer, sin necesidad de ponerlos a prueba con cronómetro y silbato en la pista olímpica, cuáles de los jugadores en un encuentro poseen mayores aptitudes para correr. Para ello basta sentarse a ver el partido.

Así también con otras características no necesariamente atléticas; muchas veces es evidente el talento (o falta del mismo) de la gente para cosas cotidianas, como conducir, cocinar, o mantener una conversación interesante. ¿Pero qué pasa con las que no son evidentes? ¿Cómo mediríamos, por ejemplo, la inteligencia de un ser humano?

Tal vez si lo pensamos un poco, la manera mas intuitiva de hacer un juicio sobre qué tan listo es la persona que acabamos de conocer es entablando una conversación casual. Eventualmente, con su vocabulario y elocuencia, y si el tema de conversación se mueve a terrenos menos climáticos o mémicos (¡Hey! ¿Viste el meme de... ?), iremos haciendo una valoración involuntaria de la inteligencia de nuestro interlocutor: La primera impresión es lo que cuenta, dicen.

Este método de medición cualitativa del intelecto no es invención mía, pues a pesar de que lo he vulgarizado para introducir el tema, sí se ha tomado en serio en el pasado como diferenciador para sacarnos de entre las bestias. Nuestra capacidad de hacer abstracciones, de extrapolar conceptos, reconocernos y transmitir conocimientos que van más allá de mirar y hacer, nos hacen personas.

Buscando respuestas, personificando animales

Bajo este razonamiento, la falta de capacidad de cualquier animal de comunicar ideas nos haría despreciar inteligencia en ellos, y hasta hace algunas décadas este era el modo en el que muchos experimentos sobre razonamiento animal eran hechos.

Vamos a hacerlo sencillo, si la diferencia entre la inteligencia del chimpancé y la del humano es cosa de grado, entonces el animal podría tener la capacidad para entender y reproducir, en menor medida, nuestra manera de comunicarnos.

¿Cómo lo pusieron a prueba? A un chimpancé recién nacido lo criaban a la par de un bebé humano, la familia se encargaría de enseñarle al niño y al animal a hablar como si de cualquier pareja de gemelos se tratase. Por supuesto, esto no dio grandes resultados, al cabo de unos meses el niño ya podría balbucear algunas frases, cuando con dificultad se le podía entender un "mamá" o "papá" al chimpancé.

Decir que este animal es incapaz de hacer abstracciones debido a experimentos como el anterior sería un tanto simplón, y no mucho tiempo después alguien notó que los chimpancés no son morfológicamente aptos para vociferar palabras con nuestra soltura. Si íbamos a hacer esta prueba de manera justa había que darle herramientas al chimpancé para comunicarse sin tener que recurrir al habla. Así Allen y Beatrix Gardner, al intuir las limitaciones anatómicas del chimpancé, tuvieron una magnífica idea: lenguaje con señas. Enseñaron a una (hoy famosa) chimpancé de nombre Washoe la lengua de signos americana (conocido como ameslan, o American Sign Language), y los resultados  fueron bastante alentadores.

Washoe no sólo logró comunicar necesidades básicas, como pedir alimento o algún premio, sino que también fue capaz de describir situaciones cuyas combinaciones de palabras no se le habían enseñado. Por ejemplo, cuando un cuidador depositó una muñequita en su taza de agua, la chimpancé expresó "Bebé en mi bebida". También Washoe aprendió la palabra "sucio" para describir las ocasiones donde se hacia encima y curiosamente la extrapoló para referirse de manera despectiva a un mono con quien no simpatizaba. "Mono sucio, mono sucio", decía. Así también usó el término "abierto" con una cartera de mano, cuando se le había enseñado con puertas.



Aunque tal vez el acto más llamativo atribuido a Washoe fue una conversación con una de sus cuidadoras. La chimpancé parecía ser un poco rencorosa con quienes se ausentaban por algún tiempo, es por eso que Kat Beach, quien trabajaba en el experimento  como voluntaria, decidió pedirle disculpas. Kat no escatimó en los detalles de sus semanas fuera, y le contó a Washoe que su bebé había fallecido. Según la historia, Washoe bajó la mirada un momento, luego recorrió brevemente su rostro con el dedo índice, imitando una lágrima. Los chimpancés no lloran como los humanos, el gesto de Washoe significa "llorar" en ameslan.

¿Entonces son inteligentes?

Lo cierto es que, aún y con lo populares y bonitos que puedan sonar resultados como el de Washoe u otros primates educados para comunicarse, muchos científicos se muestran renuentes a considerar que se tengan pruebas de que los animales realmente entren en una conversación, y no estén imitando sólo para buscar un bocadillo, un rato de juego, o para complacer a sus cuidadores. El lenguaje humano va mucho más allá de hacer meras relaciones entre objetos y sonidos/señas, y aún cuando esta acción es sumamente básica, los primates no humanos tienen gran dificultad para lograrla.

Parafraseando a Harriet Ottenheimer, el hecho es que mientras los niños humanos aprenden un lenguaje muy complejo sin mayor problema, otros primates como los chimpancés requieren una fuerte inversión en M&M's para poder comunicar unas pocas cosas de material pseudolingüístico.






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