miércoles, 8 de julio de 2015

Supernovas, chinos y cangrejos

Me agradan los chinos, andan ahí por la vida sin preocuparse por banalidades. A ellos no les va ni les viene el Starbucks, ellos tienen su versión pirata. Tampoco importa que las cajas de cambios de sus carros (imitaciones de carros europeos) estén poseídas por el diablo (lo vi en Top Gear), porque son suyos, son baratos, son chinos. Al igual que sus perfumes y su ropa, esas son cosas instrascendentes, lo importante está en el alma, en las tradiciones y en la carne de perro. También me gusta su Wushu, creo que las mushashas se ven muy guapas con los trajes típicos y eso, en general las cosas chinas que no son imitaciones ni dictaduras, me parecen bellas.

Una vez me pasé el domingo viendo cosas chinas: que la Ciudad Prohibida, que don Confusio, que el Arte de la Guerra (El primer Best Seller de superación personal) y la corriente me llevó hasta el día 22 del quinto mes lunar del primer año de la era de Zhihe... o el 4 de julio de 1054 en nuestro calendario ¿Sí se acuerdan qué pasó ese día, verdad? ¿No? Ah, qué incultos. 

Pues es que ese día llegó a la Tierra la noticia de la muerte de una estrella, y culturas alrededor del globo la vieron perecer en la flamante agonía de una supernova. Brillaba fuerte, muy fuerte; era tan luminosa que durante dos meses se le pudo ver durante el día. Mis amigos los chinos, por supuesto, fueron una de aquellas culturas que pudieron documentarla.

-Oye, Daniel, ¿Pero cómo sabían que era una supernova si no tenían telescopios?
-No pos', en realidad no sabían exactamente qué era ese brillo. Pero nosotros sí.

En una de esas frías noches de invierno, cuando sea luna nueva, dirige tu instrumento de observación estelar en dirección a la constelación de Tauro, sigue el cuerno sudoriental hasta Zeta Tauri y... equis, descárgate un app de realidad aumentada y busca el Objeto Meisser 1 (M1). Esa motita difusa y misteriosa es la Nebulosa del Cangrejo.



¿Por qué meto en el tema dicho crustáceo intergaláctico? Sencillo, gracias a la astrofotografía, los astrónomos se astrodieron cuenta que la nebulosa se estaba expandiendo. Esto fue a principios del siglo pasado, y calcularon que el punto de inicio debió ser unos 900 años atrás.

Pasa que la nebulosa decápoda es de tipo remanente de supernova, o sea que una estrella de entre 8 y 12 veces la masa del Sol llegó al fin de sus reacciones termonucleares y expulsó su material interestelar con gases y rashos láser, ahora también sabemos que hay una estrella de neutrones en su interior. Pero lo importante es que hubo una explosión de dimensiones titánicas que, como ya dedujiste, fue lo que los chinos documentaron ese 4 de Julio de 1054: El nacimiento de la Nebulosa del Cangrejo, la supernova SN 1054. Ellos la llamaban, como a los demás objetos brillantes que aparecían repentinamente, ke xing.

-¿Ke xingaos es eso? (risas grabadas)

No, ya en serio, ke xing en español significa estrella invitada.

El evento fue atestiguado por astrónomos árabes y japoneses, y también se cree que en América los indígenas mimbres y anasazi la registraron en petroglifos. En México la vio Chabelo.

Muchos de aquellos testimonios le otorgaron significados terrenales, como la muerte de un emperador o grandes epidemias, hoy entendemos que quien murió fue un sol distante. La Nebulosa del Cangrejo es el primer objeto que se pudo relacionar con la explosión de una supernova, también es el más estudiado de su tipo. Es claramente el evento astrónomico antiguo más célebre.

Nota: Ya sé que esta entrada hubiera quedado mejor el 4 de julio, pero me puse a recoger mi cuarto y me tardé 4 días. Por cierto, me acaba de llegar a la mente una buena imitación china, ¿se acuerdan que habían unos BeyBlades chinos que estaban pegados con silicón pero sacaban chispas? estaban chidos.

SN 1054: Nacida el 4 de Julio
1054 Supernova Petrograph

miércoles, 1 de julio de 2015

Alfred Russel Wallace y el empujoncito a Charles Darwin

En el comúnmente calificado como non plus ultra de la literatura hispana, un viejo, loco ya por la edad o por su enfermiza afición a la lectura, salió de su tierra para buscar aventuras por el mundo, enrolándose en cuantiosas tragedias por poco más que la inspiración que le daban los honorables caballeros de sus novelas.

No tan viejo y no sé si tan loco, fue como un tal Alfred Russel Wallace decidió ir por la misma. Dejaría su país para partir a la aventura, para romper el océano en dos y buscar la selva en el nuevo mundo. Su inspiración era un tanto similar, había leído los relatos de las exploraciones de reconocidos naturalistas, entre ellos el respetado geólogo Charles Darwin.

Wallace era un entusiasta de la historia natural, a pesar de que tuvo que dejar la escuela a los 13 años pues la situación financiera de su familia no era buena. Eso no lo detuvo, el autodidacta de 25 años se convenció de ir al Amazonas, para ese entonces las ideas evolucionistas no le eran extrañas. Pensó en recolectar insectos y otros animales y llevarlos de vuelta a casa para procurarse el sustento. Este también era el plan de Henry Bates, naturalista que acompañó a Wallace en la aventura.

Luego de que Bates y Wallace se separaran tras su primer año en Brazil, nuestro protagonista continuó recolectando basta información sobre la cultura, la flora y la fauna del lugar, además, por supuesto, preparó una colección de especies amazónicas para vender en el Reino Unido.

Un desafortunado día de agosto, durante su regreso al viejo mundo, el barco se incendió. Diez días después del naufragio la tripulación fue rescatada, los diarios y los especímenes recolectados de Wallace se perdieron. Entonces juró no volver a emprender en ese trabajo, y no era de sorprenderse, pues su hermano menor, quien lo había acompañado por algún tiempo durante su estancia en América, había muerto luego de regresar a casa por la fiebre amarilla.

Después del golpe moral que le propinó el destino y de vivir del seguro por los especímenes perdidos, Wallace estaba listo para volver a zarpar, dos años más tarde, a lo que sería el viaje más importante de su carrera. En 1854 viajó a el archipiélago Malayo, con la misma inspiración que años antes lo llevó a sudamérica. Luego de 6 años en aquella región, Russel recolectó decenas de miles de ejemplares, muchas de ellas aún desconocidas por la comunidad científica. También, y sin querer, atrapó un bicho indeseable, en 1858 enfermó gravemente de malaria.

Ahí estaba entonces el hombre de 35 años, aún en el reposo luego de la enfermedad, redactando una carta para Charles Darwin.

La isla de Ternate, lugar desde donde Wallace escribió la famosa carta, pasaría a la historia como lo hicieron las Islas Galápagos gracias a Darwin. Los rincones del mundo que gestaron este hito en la historia de la ciencia estaban en distintos continentes, pero bajo el mismo cobijo de la cálida línea ecuatorial.

Afortunadamente Darwin no estaba en la hora del té cuando abrió, en Junio, la dichosa Carta de Ternate; o el pobre hombre ya con mitad de siglo a cuestas habría caído ahogado.
(Dramatización, puede que Wallace no se pusiera esos lentes)

¡Qué sorpresa se llevó aquel científico, aquel escritor tan renombrado! Hacía ya más de veinte años que había regresado del viaje del Beagle, pero había pasado tanto tiempo retrasando sus descubrimientos, ya por recolectar y ordenar evidencias o por que sabía que el ambiente conservador no le abriría las puertas tan fácil, pero Darwin no veía imposible morir sin publicar su gran libro. Incluso su esposa tenía instrucciones de mandar a la imprenta un viejo ensayo si al naturalista le sorprendía la muerte antes de terminar la obra completa ¡Pero el aún joven Wallace había conseguido lo mismo en unos cuantos años! Era increíble, todo estaba ahí.

Wallace, quien ya había estado en contacto con Charles Darwin con anterioridad, le había escrito un artículo con los mecanismos de la evolución por selección natural, esperando que, si Darwin lo consideraba pertinente, le remitiera su trabajo a su colega Charles Lyell para su posterior revisión y publicación. Hubo que poner manos a la obra, Darwin, Lyell y el botánico Joseph Dalton Hooker organizaron una lectura con los trabajos en conjunto de Wallace y Darwin en la Sociedad Linneana en menos de dos semanas. El 1 de Julio de 1858, concretamente. Por supuesto, los aportes de Darwin tenían mayor atención pues había estado trabajando más tiempo en ello.

Aunque dicha lectura no tuvo especial impacto, es cierto que la carta de Wallace impulsó a Charles Darwin a publicar un año más tarde su controversial On the origin of species: by means of natural selection, donde de hecho, ideas de Russel habían sido tomadas por Darwin. Esto no pudo ser menos que un halago para Wallace, quien a pesar de no obtener el mismo reconocimiento que su colega, fue gran defensor del Darwinismo.