No tan viejo y no sé si tan loco, fue como un tal Alfred Russel Wallace decidió ir por la misma. Dejaría su país para partir a la aventura, para romper el océano en dos y buscar la selva en el nuevo mundo. Su inspiración era un tanto similar, había leído los relatos de las exploraciones de reconocidos naturalistas, entre ellos el respetado geólogo Charles Darwin.
Wallace era un entusiasta de la historia natural, a pesar de que tuvo que dejar la escuela a los 13 años pues la situación financiera de su familia no era buena. Eso no lo detuvo, el autodidacta de 25 años se convenció de ir al Amazonas, para ese entonces las ideas evolucionistas no le eran extrañas. Pensó en recolectar insectos y otros animales y llevarlos de vuelta a casa para procurarse el sustento. Este también era el plan de Henry Bates, naturalista que acompañó a Wallace en la aventura.
Luego de que Bates y Wallace se separaran tras su primer año en Brazil, nuestro protagonista continuó recolectando basta información sobre la cultura, la flora y la fauna del lugar, además, por supuesto, preparó una colección de especies amazónicas para vender en el Reino Unido.
Wallace era un entusiasta de la historia natural, a pesar de que tuvo que dejar la escuela a los 13 años pues la situación financiera de su familia no era buena. Eso no lo detuvo, el autodidacta de 25 años se convenció de ir al Amazonas, para ese entonces las ideas evolucionistas no le eran extrañas. Pensó en recolectar insectos y otros animales y llevarlos de vuelta a casa para procurarse el sustento. Este también era el plan de Henry Bates, naturalista que acompañó a Wallace en la aventura.
Luego de que Bates y Wallace se separaran tras su primer año en Brazil, nuestro protagonista continuó recolectando basta información sobre la cultura, la flora y la fauna del lugar, además, por supuesto, preparó una colección de especies amazónicas para vender en el Reino Unido.
Un desafortunado día de agosto, durante su regreso al viejo mundo, el barco se incendió. Diez días después del naufragio la tripulación fue rescatada, los diarios y los especímenes recolectados de Wallace se perdieron. Entonces juró no volver a emprender en ese trabajo, y no era de sorprenderse, pues su hermano menor, quien lo había acompañado por algún tiempo durante su estancia en América, había muerto luego de regresar a casa por la fiebre amarilla.
Después del golpe moral que le propinó el destino y de vivir del seguro por los especímenes perdidos, Wallace estaba listo para volver a zarpar, dos años más tarde, a lo que sería el viaje más importante de su carrera. En 1854 viajó a el archipiélago Malayo, con la misma inspiración que años antes lo llevó a sudamérica. Luego de 6 años en aquella región, Russel recolectó decenas de miles de ejemplares, muchas de ellas aún desconocidas por la comunidad científica. También, y sin querer, atrapó un bicho indeseable, en 1858 enfermó gravemente de malaria.
Ahí estaba entonces el hombre de 35 años, aún en el reposo luego de la enfermedad, redactando una carta para Charles Darwin.
La isla de Ternate, lugar desde donde Wallace escribió la famosa carta, pasaría a la historia como lo hicieron las Islas Galápagos gracias a Darwin. Los rincones del mundo que gestaron este hito en la historia de la ciencia estaban en distintos continentes, pero bajo el mismo cobijo de la cálida línea ecuatorial.
Afortunadamente Darwin no estaba en la hora del té cuando abrió, en Junio, la dichosa Carta de Ternate; o el pobre hombre ya con mitad de siglo a cuestas habría caído ahogado.
¡Qué sorpresa se llevó aquel científico, aquel escritor tan renombrado! Hacía ya más de veinte años que había regresado del viaje del Beagle, pero había pasado tanto tiempo retrasando sus descubrimientos, ya por recolectar y ordenar evidencias o por que sabía que el ambiente conservador no le abriría las puertas tan fácil, pero Darwin no veía imposible morir sin publicar su gran libro. Incluso su esposa tenía instrucciones de mandar a la imprenta un viejo ensayo si al naturalista le sorprendía la muerte antes de terminar la obra completa ¡Pero el aún joven Wallace había conseguido lo mismo en unos cuantos años! Era increíble, todo estaba ahí.
Wallace, quien ya había estado en contacto con Charles Darwin con anterioridad, le había escrito un artículo con los mecanismos de la evolución por selección natural, esperando que, si Darwin lo consideraba pertinente, le remitiera su trabajo a su colega Charles Lyell para su posterior revisión y publicación. Hubo que poner manos a la obra, Darwin, Lyell y el botánico Joseph Dalton Hooker organizaron una lectura con los trabajos en conjunto de Wallace y Darwin en la Sociedad Linneana en menos de dos semanas. El 1 de Julio de 1858, concretamente. Por supuesto, los aportes de Darwin tenían mayor atención pues había estado trabajando más tiempo en ello.
Aunque dicha lectura no tuvo especial impacto, es cierto que la carta de Wallace impulsó a Charles Darwin a publicar un año más tarde su controversial On the origin of species: by means of natural selection, donde de hecho, ideas de Russel habían sido tomadas por Darwin. Esto no pudo ser menos que un halago para Wallace, quien a pesar de no obtener el mismo reconocimiento que su colega, fue gran defensor del Darwinismo.
Ahí estaba entonces el hombre de 35 años, aún en el reposo luego de la enfermedad, redactando una carta para Charles Darwin.
La isla de Ternate, lugar desde donde Wallace escribió la famosa carta, pasaría a la historia como lo hicieron las Islas Galápagos gracias a Darwin. Los rincones del mundo que gestaron este hito en la historia de la ciencia estaban en distintos continentes, pero bajo el mismo cobijo de la cálida línea ecuatorial.
Afortunadamente Darwin no estaba en la hora del té cuando abrió, en Junio, la dichosa Carta de Ternate; o el pobre hombre ya con mitad de siglo a cuestas habría caído ahogado.
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| (Dramatización, puede que Wallace no se pusiera esos lentes) |
¡Qué sorpresa se llevó aquel científico, aquel escritor tan renombrado! Hacía ya más de veinte años que había regresado del viaje del Beagle, pero había pasado tanto tiempo retrasando sus descubrimientos, ya por recolectar y ordenar evidencias o por que sabía que el ambiente conservador no le abriría las puertas tan fácil, pero Darwin no veía imposible morir sin publicar su gran libro. Incluso su esposa tenía instrucciones de mandar a la imprenta un viejo ensayo si al naturalista le sorprendía la muerte antes de terminar la obra completa ¡Pero el aún joven Wallace había conseguido lo mismo en unos cuantos años! Era increíble, todo estaba ahí.
Wallace, quien ya había estado en contacto con Charles Darwin con anterioridad, le había escrito un artículo con los mecanismos de la evolución por selección natural, esperando que, si Darwin lo consideraba pertinente, le remitiera su trabajo a su colega Charles Lyell para su posterior revisión y publicación. Hubo que poner manos a la obra, Darwin, Lyell y el botánico Joseph Dalton Hooker organizaron una lectura con los trabajos en conjunto de Wallace y Darwin en la Sociedad Linneana en menos de dos semanas. El 1 de Julio de 1858, concretamente. Por supuesto, los aportes de Darwin tenían mayor atención pues había estado trabajando más tiempo en ello.
Aunque dicha lectura no tuvo especial impacto, es cierto que la carta de Wallace impulsó a Charles Darwin a publicar un año más tarde su controversial On the origin of species: by means of natural selection, donde de hecho, ideas de Russel habían sido tomadas por Darwin. Esto no pudo ser menos que un halago para Wallace, quien a pesar de no obtener el mismo reconocimiento que su colega, fue gran defensor del Darwinismo.


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